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Tres tiros y el olvido: las vidas que no duelen en Colombia.

  • Foto del escritor: laredaccionnews
    laredaccionnews
  • 14 jun 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Cristian Velasco

Mientras el país entero sigue minuto a minuto la recuperación del senador Miguel Uribe en una clínica de élite en Bogotá, en las veredas de Betulia en Suárez y Guachinte en Jamundí, los muertos sin nombre —como Cristian o Mameyo— se entierran sin prensa, sin política y sin país. En Colombia, la vida tiene precios distintos, según dónde vivas y a quién le duela tu muerte.

En Bogotá, la clínica Santa Fe resplandece como una burbuja aséptica y resguardada. Afuera, los medios se agolpan, los periodistas transmiten en vivo y el país contiene la respiración: Miguel Uribe, senador de la República, ha sido víctima de un atentado. Su cuerpo herido, pero estable, es ahora símbolo de una nueva ola de indignación nacional. Las declaraciones se multiplican desde los escritorios del Congreso, los micrófonos de la radio y las redes sociales. Se habla de “bajarle al tono”, de que la violencia escaló desde las palabras. De que hay que parar. Otra vez. Palabras. Palabras que retumban fuerte en la capital, pero que en los rincones del suroccidente colombiano no alcanzan ni a hacer eco.


En la vereda Betulia, en el municipio de Suárez, Cauca, la historia es otra. Allí, sin cámaras, sin flashes, sin ministros, velan a Cristian Muñoz Serna. Tenía 19 años y vivía con una discapacidad cognitiva. En su comunidad todos lo conocían; era de esos jóvenes nobles, silenciosos, con una sonrisa constante. Hace unos días recibió tres impactos de bala. Tres tiros. No hay muchas explicaciones. Ni las habrá. Su muerte no fue reseñada por los noticieros, no mereció comunicados de prensa nacionales, ni trinos con corazones ni manos en alto. No hubo velatón, ni misa en cadena nacional. No hubo nada más allá del llanto discreto de su padre y los abrazos silenciosos de sus vecinos.


Su nombre tampoco figuró en la lista de los “colaterales” de esta guerra que no se apaga. Porque, para el resto del país, Cristian ya estaba muerto desde antes: ignorado en vida, ignorado en la muerte. En Betulia, donde los muertos duelen solo a la gente que los quiso, el funeral se hace con lo que se puede. Un ataúd sencillo. Una carpa prestada. Café caliente y dolor a cielo abierto.


Mientras tanto, en Guachinte, zona rural de Jamundí, la tierra sigue temblando por dentro. Hace poco estalló una motobomba que acabó con la vida de tres civiles. En la esquina del caserío, donde antes los niños jugaban en la tarde tibia y las vecinas conversaban en voz alta, hoy solo queda una casa de tejas y rejas de madera herida por la explosión. Allí vivía Mameyo, como todos lo conocían. En la fachada, lo único que se sostiene en pie es un cartel colgado a mano que anuncia sus honras fúnebres. El muro cayó, la caseta quedó astillada, un árbol grande frente a la casa quedó marcado con esquirlas, como si también él hubiese recibido parte del impacto. Nadie vino a cubrirlo. No hubo cadena nacional. Solo las gallinas escapando entre los escombros y la tristeza que no da declaraciones.


Y a pocos kilómetros de allí, en ese mismo sur dolido, un niño de tres años espera. Se llama Adriangel Ojeda. Tiene una condición médica en el rostro que requiere cirugía urgente. Pero la EPS aún no autoriza el tratamiento. La excusa, esta vez, es que falta un documento. O una autorización. O una llamada. O todo eso junto. En realidad, lo que falta es lo de siempre: voluntad.


En Bogotá, cada hora se publica una noticia con el parte médico sobre el estado del senador Uribe. En Betulia, en Guachinte, en Suárez, los muertos se entierran rápido, porque la guerra no permite duelo largo. En la capital, una vida se convierte en causa nacional. En Cauca y el sur del Valle, tres tiros, una bomba o una espera médica bastan para desaparecer a alguien sin que el país siquiera parpadee.


Los grandes medios hablan de moderar el discurso, como si esta guerra fuera producto de la retórica encendida. Ignoran —o prefieren ignorar— que aquí la violencia no nace de las palabras, sino del abandono. Que hace más daño la indiferencia sostenida que una frase mal dicha. Que no son solo los fusiles, sino el desprecio cotidiano, lo que ha mantenido esta guerra encendida por más de cinco décadas.


¿Qué precio tiene la vida en Colombia? En Bogotá, mucho. Allá, una clínica entera se pone en función de un hombre importante. En Betulia, Guachinte, Suárez, la vida se va sin juicio, sin aviso. Solo quedan las esquirlas en los muros, los árboles heridos, los carteles de papel anunciando los muertos que no saldrán en televisión.


Y nadie, salvo su gente, está llorando por ellos.

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