Resistencia en clave de sol: el Naranjal pinta y canta contra el olvido
- laredaccionnews

- 14 jul 2025
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Por Cristian Velasco

En una vereda marcada por el conflicto, la música, el dibujo y la palabra se han convertido en caminos de sanación. Cada quince días, un equipo de soñadores lleva arte y esperanza a El Naranjal, donde niños, niñas y jóvenes descubren que también tienen derecho a crear, a reír y a soñar con un futuro distinto.
El sábado, como cada quince días, antes de que el sol despierte del todo sobre las montañas de Suárez, un pequeño grupo de soñadores se encuentra en la Casa de la Cultura. Marino ajusta los estuches de violín con la delicadeza de quien carga vida; Francisco revisa el piano con la concentración de un campesino antes de sembrar. Yansi calienta la voz mientras Lina María organiza los cuadernos de dibujo, los lápices, los pinceles. No van al teatro ni a un aula de lujo. Van camino a El Naranjal, una vereda golpeada por el conflicto, donde durante años el silencio fue más fuerte que cualquier canción.
Pero esta vez el viaje es distinto. Van cargados de arte, de paciencia, de herramientas que no disparan, sino que curan. Desde hace dos meses, cada quince días, llevan hasta ese rincón del municipio una pequeña revolución: música, pintura, canto, instrumentos, y algo aún más importante… fe en la transformación.
El camino no es fácil. Curvas, polvo, piedras. Pero ellos lo recorren como quien va a sembrar en tierra fértil. Porque saben que en el Naranjal, donde las heridas aún laten, hay niños, niñas y adultos que esperan. Esperan tocar por primera vez una guitarra, soltar su voz sin miedo, colorear un futuro distinto. Allí, en un salón comunal sencillo, pero lleno de vida, se da cita la esperanza.
No hay tarima, ni reflectores, ni lujos. Hay bancos plásticos, una pizarra despintada y paredes que han escuchado historias duras. Pero también hay risas. Risas que suenan nuevas. Hay manos pequeñas que aprenden a sostener un pincel, o a deslizar el arco sobre las cuerdas del violín. Hay oídos que por primera vez reconocen la armonía como parte de su paisaje.
“Ya llevan los chicos como dos meses, van cada 15 días sábado”, dice Yenny Valencia, del equipo de la Casa de la Cultura. La frase parece simple, pero encierra una victoria. Cada sábado cumplido es una promesa mantenida. Cada viaje es una respuesta a un derecho negado durante años: el de vivir la cultura, el de ser parte, el de imaginar algo distinto.
Esta intervención artística no es solo una actividad. Es una declaración. Es el cumplimiento de un compromiso del alcalde César Cerón: llegar a las comunidades históricamente excluidas, aquellas que por mucho tiempo solo fueron noticia por el dolor. Hoy, El Naranjal empieza a contar otra historia.
El objetivo va más allá de aprender a cantar, dibujar o tocar un instrumento. Lo que se espera es mucho más profundo: mitigar la exclusión, sanar las desarmonías que deja la violencia, y abrir caminos hacia la resiliencia. Que cada niña, cada joven, cada madre o abuelo que se asome al taller sienta que el arte también es suyo, que tiene derecho a crear, a expresarse, a soñar.
Para Marino Mina Valencia, monitor cultural del proceso, hay algo más profundo en juego. “Para mí es muy importante enseñar la música tradicional a la comunidad, y en especial a niños, niñas y adultos, ya que busco con estos espacios incentivar la enseñanza del violín y hacer escuela de salvaguarda con semilleros para mantener viva nuestra cultura ancestral de la fuga del norte del Cauca, como el bunde y el torbellino norte caucano.” No se trata solo de enseñar melodías, sino de proteger un legado, de formar custodios de la memoria sonora de un pueblo.
Yenny lo resume con la serenidad de quien cree en lo que hace: “La apuesta de la Casa de la Cultura es construir esperanza en medio de las desavenencias de la vida. Tener resiliencia es un recurso: a través del canto y el instrumento sacamos notas de amor, de fe y de esperanza.” Y eso hacen: con cada clase, siembran una posibilidad. Con cada canción, desafían el olvido. Con cada trazo, escriben memoria.
Pero también hay algo más. Esta apuesta por el arte es también una forma de cuidar el legado. Por eso, junto a las técnicas nuevas, se habla de lo ancestral, del tambor que aún vibra, del canto que recuerda, del tejido que une. “También le apostamos a conservar y practicar nuestro patrimonio cultural, material e inmaterial, para que las próximas generaciones tengan las memorias ancestrales”, concluye.
Cuando el taller termina, los niños no quieren irse. Algunos piden repetir la canción. Otros se quedan mirando el dibujo que acaban de hacer, como quien descubre una parte de sí que no conocía. Afuera, el sol cae con suavidad sobre los techos de zinc, como una bendición. El equipo guarda los instrumentos. Se despiden con abrazos y promesas. Volverán en 15 días.
Y en el Naranjal quedará algo más que un eco. Quedará la certeza de que el arte llegó, no como visita, sino como semilla. Una semilla que, como todo lo que nace en tierra fértil, florecerá.





















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