Suárez, Cauca: 25 años de la noche más larga y dolorosa de su historia.
- laredaccionnews

- 31 ene 2025
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Suárez, Cauca 31 de enero de 2025 / La Redacción
La tarde se desangraba en colores naranja y rojo, mientras el reloj marcaba poco más de las seis. El sol, como un testigo mudo, se ocultaba tras la cordillera occidental. Fue en ese preciso instante cuando el eco de los primeros disparos de fusil rompió el silencio, anunciando lo que sería la noche más oscura y amarga de la historia de Suárez. Aquello no fue solo un ataque; fue el estallido de una guerra que, aunque distante para muchos, aterrizó de golpe en el corazón de este tranquilo municipio nortecaucano.
Lo que vino después fue angustia, lágrimas y desesperación. Explosiones que desgarraron el aire y destruyeron el centro del pueblo, pero jamás pudieron silenciar el espíritu resiliente de su gente, esa que, con el paso de los años, seguiría levantándose, una y otra vez, de las ruinas de la violencia.
Hoy, 25 años después, tratamos de reconstruir, con palabras y memoria, aquella noche fatídica del lunes 31 de enero de 2000. Lo hacemos a través de tres voces que, como testigos directos, aún conservan las huellas de una tragedia que, aunque lejana, sigue viva en cada rincón del pueblo. Fernanda, Marciano y César narran, con la claridad de los recuerdos más dolorosos, lo que fue la noche que congeló el alma de Suárez.
Una discoteca como refugio
Fernanda es una de esas mujeres que personifica la fortaleza de Suárez. Desde joven, ha estado en las entrañas del municipio, trabajando en el sector social y administrativo. Hoy nos recibe en su oficina, a pocos pasos de la estación de Policía, donde las huellas de aquella noche aún parecen flotar en el aire.
“Yo trabajaba en el hospital en ese tiempo, en la farmacia. Era ya tarde, pasaban las seis. Bajaba por la calle cuando pasé justo por la estación de policía. Me detuve en el billar, donde estaba mi novio. Nos quedamos conversando, pero de repente, empezamos a escuchar un sonido extraño... boom, boom, y luego, el estrépito de las cortinas de los locales comerciales. ¿Qué pasó? pregunté. La guerrilla se metió”, recuerda Fernanda, con la voz entre cortada.
Así comenzó la noche más larga de Suárez. En medio de la penumbra que comenzaba a envolver al pueblo, Fernanda rememora lo que para muchos fue el primer choque con la violencia. La calma habitual de su tierra natal fue rasgada de golpe por los disparos, por las explosiones, por el caos.
Hace una pausa, su mirada se pierde en el pasado. Recuerda con dolor lo que siguió después de que ella, su novio y otras personas se refugiaron en el billar, tratando de escapar de la tormenta de balas y metralla.
Boom, boom, boom. Los golpes en la puerta eran fuertes. Afuera, la metralla rugía como un animal salvaje, y las explosiones de las pipetas de gas cargadas con explosivos llenaban el aire con su fuerza destructiva. El río Cauca, cercano, parecía temblar con cada estruendo.
De pronto, hombres armados irrumpieron en el local. “¿Quién es el dueño?”, gritaron.
El novio de Fernanda, temblando, se identificó. “No, pero aquí no hay nada que quede hacia la estación. No hay ventanas que conecten con ella”, explicó, señalando el muro del local comercial.
Los hombres armados recorrieron el lugar y, tras una breve revisión comprendieron que no había conexión entre el billar y la estación. Entonces, el tono cambió. “Entonces necesitamos que ustedes salgan de aquí, porque aquí nos vamos a refugiar. Este es nuestro escudo”, les dijeron, con una certeza que helaba la sangre.
Fernanda aún recuerda las palabras como si las escuchara en este mismo instante. Tras un breve silencio, la calma pareció adueñarse del lugar. Pero pronto, la realidad les golpeó de nuevo: tocaba moverse. Buscar otro refugio.
“Nos sacaron al frente, donde doña Marleny tenía una discoteca. El lugar tenía un patio grande, con un antejardín. Nos pusieron allí. Por un instante, todo parecía tranquilo mientras nos trasladaban. No sabíamos que la calma era solo un paréntesis, que esto estaba lejos de terminar”, narra Fernanda, quien, a pesar de los años, aún siente el peso de aquella noche en su pecho.
En ese momento, la memoria se nubla, y sus palabras fluyen entre recuerdos confusos de esa noche.
“Cuando ya estábamos allí, en el andén de la señora, comenzaron a sonar las alarmas. Sonaban como helicópteros. ¡Mucho ruido! Muchísimas explosiones. La gente se desesperó y comenzó a golpear la puerta de la señora para meterse dentro. No sé si fue que la abrieron, pero lo que sé es que terminamos dentro del establecimiento. Pasamos allí toda la noche. Era un lugar como una discoteca, pero esa noche no hubo música, solo el eco del terror”.
“¡Qué viva la fiesta!” ¡Préndale candela a eso!
Alrededor de 400 guerrilleros incursionaron en la cabecera municipal de Suárez esa noche, un número que superaba 50 veces la cantidad de policías uniformados.
“Lo que más me impactó fue ver a muchas mujeres, con uniforme, muy contentas, como si estuvieran en una fiesta. Decían: ‘¡Qué viva la fiesta! ¡Préndale candela a eso!’, y se reían. Eso es lo que recuerdo que decían”, narra Fernanda, aún sorprendida por la mezcla de horror y menosprecio con que muchos enfrentaron aquella tragedia.
Afuera, el pueblo era devastado por las explosiones. Las horas pasaban, pero dentro de la discoteca, el refugio improvisado, el tiempo se detenía en un silencio espeso, roto solo por los ecos de la guerra y el murmullo del grupo.
Fueron más de 8 horas de confrontación. Más de 480 minutos, 28.800 segundos que parecieron eternos para los habitantes de Suárez. Pasadas las 2 de la mañana del 1 de febrero de 2000, los fusiles se silenciaron, pero el estruendo de la metralla fue reemplazado por el llanto inconsolable de las familias.
Con el final de los combates, el alcalde de la época buscó a Fernanda, pues ella era la encargada de la farmacia del hospital y se requerían medicamentos para los heridos.
“Después de tantas horas de combate, me llevaron al hospital para conseguir medicamentos. Ver el horror fue desgarrador: un niño había perdido una mano, policías heridos. Todo era angustia, desesperación”, recuerda Fernanda, aún con el dolor reflejado en su voz.
Rut Varela: Una muerte que aún llora Suárez
La muerte de doña Rut Varela, conocida como “doña Rut”, aún resuena como un eco triste en la memoria colectiva de Suárez. Las circunstancias que rodearon su muerte son muy fuertes y dolorosas. Por ética periodística y por respeto a su memoria, la recordamos como fue, una mujer valiente, dispuesta al servicio y aunque esa noche su vida fue apagada por el horror de la guerra, hoy en día es símbolo de memoria y reconciliación.
Según los testimonios, esa noche, doña Rut había ido a misa, y luego se refugió en su casa, ubicada en la calle principal de Suárez, la conocida Calle del Oro, donde funcionaba la farmacia del pueblo. Esa fue la última vez que la vieron con vida.
La noche que todo un pueblo evitó un secuestro
A pesar de los difíciles momentos que vivió la población civil, posteriormente, la palabra se impuso sobre las armas, como un río que, aunque turbulento, finalmente encuentra su cauce. Según relatan los testigos, esa noche, en medio del caos, la comunidad intercedió con valentía, convirtiéndose en el último refugio de esperanza, para evitar que el reducido grupo de policías fuera asesinado o secuestrado.
“Muchos salieron a defender a los policías. Eran pocos, tal vez seis u ocho, frente a la multitud de guerrilleros. El pueblo se unió y evitó que los secuestraran, evitando que la tragedia fuera aún mayor”, recuerda Fernanda.
Hoy 25 años después las heridas profundas psicologicas mas que físicas aun sangran en el corazón y el alma de Fernanda.
“Esta semana que estamos recordando esa fecha, no deja de erizarse la piel. Llegan esos recuerdos nuevamente y uno dice "Qué cosa que uno vivió tan tan impresionante”, expresa Fernanda.
El amanecer más doloroso
Con la primera luz del día el horror se hizo evidente. La calle del Oro estaba completamente destruida, la antigua caja agraria había desaparecido completamente, Y la estación de policía estaba reducida a fragmentos de concreto
“La parte central del pueblo, el centro, pues las casas de bareque, todo caído, la calle del oro, las casas destruidas, entonces había mucho polvo, escombros por todos lados. No se podía pasar”, rememora Fernanda.
Los medios de comunicación llegaron, las primeras fotografias fueron tomadas y en ellas quedo registrada la desolación, pero también la esperanza.
Un abrazo que sintió todo Suárez.

El reportero Gráfico del diario El País capturó a través de su lente el abrazo de dos mujeres, que al momento de escribir esta crónica desconocemos su identidad. Este abrazo es el símbolo de solidaridad que se levantó efusivo en medio de los escombros, la tristeza y la desolación.
Una mujer visiblemente conmovida rodea con sus brazos a otra, dos corazones que se juntan, y dos almas que se sobreponen al dolor.
En otras fotografías se evidencia a la población consternada, en medio del polvo y los escombros, hombres, niños y mujeres se miran entre ellos tratando de encontrar en las miradas una explicación y si acaso surge una palabra es “¡Dios mío! ¿Qué pasó?”
Cortesía imágenes: Archivo de prensa, Fundación Foro Suroccidente y Consejo Municipal de Paz y Reconciliación de Suárez
Hoy esa calle que quedo destruida se levanta como símbolo de resiliencia, la farmacia aun existe, aunque con el Vacío de doña Rut.
El profe que regresó a casa y lloró al ver su pueblo destruido
César Cerón es hoy alcalde del municipio de Suárez. Docente, líder social, y testigo de la historia de un pueblo marcado por la tragedia, se encuentra al otro lado del teléfono, cargado de nostalgia y reflexión. Su voz, impregnada de recuerdos dolorosos, trae consigo la memoria viva de aquellos días fatídicos que hoy conmemoramos.
“En esa fecha hacía mis labores como docente en la zona rural y no estuve directamente el día de la toma. El día siguiente me desplacé al Casco Urbano a mirar la situación, a acompañar la familias, acompañar mi propia familia, a mi madre.” relata
“No tenía conocimiento en ese momento como era realmente la situación, su magnitud. Al llegar aquí al casco urbano pues se llena uno de nostalgia. Lloré realmente de tristeza al ver como la calle que nosotros conocemos aquí como la ‘calle del Oro’ no había por dónde transitar, debido a la cantidad de escombros que habían quedado tendidos sobre la vía”, continúa Cerón.
Esa misma calle por la que tantas veces había transitado, donde se comercializa el oro, riqueza de este territorio, donde esta ubicado el Granero Maracaibo, la farmacia del pueblo, donde vivía doña Rut, estaba reducida a escombros.
“Y pues al ver la la la angustia, la zozobra, el miedo de la gente eh Claro, lo llena de coraje porque no entiende uno por qué esta guerra absurda nos tocó nosotros. Expresamos pues nuestra solidaridad con las familias que salieron afectadas en ese momento con las víctimas, porque también hubo una víctima en se esa toma” agrega el mandatario.
Una lluvia de balas y explosiones
Don Marciano Trujillo es un líder comunitario de Suárez, y hoy, con nostalgia, recuerda aquella fatídica noche. En ese entonces, se desempeñaba como concejal del municipio.
"Yo venía bajando del parque hacia donde quedaba Telecom, cuando, alrededor de las seis y algo de la tarde, se escucharon unos disparos en el parque, disparos al aire. La gente comenzó a correr en todas direcciones; algunos se encerraban, otros corrían desorientados. Entonces, le pregunté a Pablo César Colorado, hermano del Dr. Luis Fernando Colorado, que venía en moto, también corriendo: ‘¿Qué pasó?’" “‘No, ahí en el parque están haciendo unos disparos’, me respondió Colorado.” recuerda Marciano.
Don Marciano y un grupo de personas se refugiaron en las oficinas de Telecom, donde, desde allí, vieron a un grupo de hombres uniformados con camuflaje. Identificaron rápidamente que eran miembros de la guerrilla de las FARC.
"Esa noche fue una noche de terror", continúa Don Marciano. "Precisamente, yo había subido a recoger a mi esposa, que trabajaba en el hospital y salía a las seis de la tarde. Yo iba a acompañarla para irnos juntos a Portugal, donde vivíamos. Pero esa noche fue horrible; los ‘tatucos’ y las balas venían de todos lados. De toda la zona de Suárez salía plomo. Se oían disparos".
El testimonio de Don Marciano, que revive en su memoria los sucesos de aquella noche, se ve marcado por la dificultad de encontrar palabras que puedan describir el dolor vivido. Además, narra cómo la situación de los pocos policías en el pueblo se tornó crítica
"Más o menos hasta las dos de la mañana, los policías que estaban en el puesto se entregaron. La guerrilla había tomado el parque y, ante el clamor de la gente, les pidieron que no los mataran. Ellos accedieron a la solicitud de la comunidad, los mandaron al hospital para que los atendieran", recuerda Marciano.
Una paz que se construye
Hoy, al conmemorarse 25 años de aquella tragedia, este ejercicio periodístico se convierte en un trabajo de memoria colectiva, tal como lo expresó el filósofo español George Santayana: ‘quien no conoce su historia está condenado a repetirla’, busca que se conozcan los hechos para que nunca más un suareño, ni ningun colombiano deba vivir una situación similar.
Hoy, son miles las voces en Suárez que claman por la paz de su territorio, y los esfuerzos se dirigen a que esta finalmente florezca algún día, aquí, a orillas del río Cauca, en lo más alto del Cerro Damián, Cerro Tijeras, pero sobre todo en el corazón de aquellos que aún ven en la violencia una forma de ser escuchados.
"Que se lleguen a acuerdos, pero que realmente se cumplan. Los grupos al margen de la ley deben ponerse, como se dice, la mano en el corazón. Nosotros vivimos en un municipio donde siempre estamos con la angustia de no saber qué va a pasar, con amenazas latentes, rumores por aquí y por allá. Nadie vive tranquilo, vivimos asustados todo el tiempo. Tenemos que salir a trabajar, nuestros hijos deben salir a estudiar, y nos movemos de aquí para allá, con miedo", expresa Fernanda.
El mandatario de los suareños, quien también ha orientado su gestión hacia los esfuerzos de paz, enfatiza la necesidad de salidas negociadas.
"El llamado también tiene que ser a la construcción real de una paz duradera. Yo sigo creyendo que se puede dialogar en medio de las diferencias que podamos tener. Este llamado no es solo para el gobierno departamental, sino también para los centros nacionales, para aquellos que realmente tienen la responsabilidad de sentarse en mesas de concertación con los diferentes actores armados, para que esto, finalmente, mengue en los territorios", agrega César Cerón.
La fe que sostiene a un pueblo

Con una historia profundamente marcada por el conflicto, son las expresiones de fe las que mantienen viva la esperanza de la población suareña.
"Que el pueblo vuelva a Dios, que clamemos a Él para que algo así nunca más suceda en nuestra comunidad. En ese entonces, solo oíamos los embates de la guerra a través de la televisión y las noticias, hasta que, de repente, lo vivimos en carne propia. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de la magnitud del conflicto que estamos enfrentando en nuestro país", reflexiona Don Marciano.
Por su parte, Yeni Valencia, habitante de Suárez, sostiene que "para empezar a materializar la paz, debemos tener a Dios en el corazón. El Salmo 119:165 dice: ‘Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo’. Si nos refugiamos en el amor del Padre y obedecemos su Palabra, encontraremos esa paz tan anhelada. Es necesario concientizarnos y ser ejemplos de paz, propagándonos como instrumentos de amor en la tierra."
Con la búsqueda de la paz y los esfuerzos que se están realizando para alcanzarla, culmina este relato, sobre una noche que quedó grabada en la memoria del pueblo suareño para siempre.
En memoria de doña Rut y todas las víctimas que ha dejado el conflicto armado en Suárez, Cauca.
















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