El Rostro de Adriangel: Una lucha por la vida en medio de la negligencia
- laredaccionnews

- 11 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 14 jun 2025

Un niño con una condición delicada, una madre que no se rinde y un Estado que no responde. En esta historia, el reloj corre más rápido que la ayuda.
Por Cristian Velasco
En una sala iluminada por la claridad de la mañana, de paredes blancas y silencios densos, un niño mueve piezas de un rompecabezas sobre el piso. Se llama Adriangel Ojeda. Tiene tres años, un rostro marcado por una enfermedad rara, y una mirada que —pese al peso que carga— aún se llena de juego. A su lado, un ábaco de colores. Lo recorre con los dedos con la precisión de quien explora el mundo a su manera.
Sentada en una silla de plástico, su madre, Yessica Ojeda, lo observa. Sus ojos revelan cansancio, pero también decisión. Es migrante venezolana. Recorrió más de 2.200 kilómetros desde Caracas hasta Suárez, Cauca, en busca de refugio, dignidad y vida para su hijo. Lo encontró con la incertidumbre como compañera.

Adriangel padece linfangioma quístico cavernoso, una malformación vascular que crece dentro de su rostro. Le impide hablar, le dificulta subir de peso, le amenaza el desarrollo. Hace meses que espera una cirugía que no llega. Su EPS, Asmet Salud, ha sido lenta, burocrática, indolente.
“Todo ha sido muy demorado. Tutelas, trámites… siempre se vence algo. El tiempo pasa, y su condición avanza”, cuenta Yessica.
La escena se repite cada semana: consultas en Cali, largos recorridos por carretera, esperas en clínicas de cuarto nivel que no tienen convenio con su EPS. Ella viaja con Adriangel mientras su esposo trabaja para sostener el hogar donde viven con sus otros dos hijos, en el barrio El Tobogán, en Suárez.
La enfermedad no da tregua.
“El médico dice que si no le hacen primero un tratamiento que se llama embolización, no se puede operar. Pero tampoco aprueban ese tratamiento. Y sin eso, la cirugía es más riesgosa. Si no se hace, podría afectarle el ojo, el cerebro, y entrar en estado vegetativo”, explica.
Los derechos de los niños no entienden de etiquetas, nacionalidades ni fronteras. No son privilegios reservados para quienes nacen en un lugar o tienen un documento. Son garantías universales. Adriangel es niño, es vida, es urgencia.
En medio de todo, Adriangel ríe. Juega con los colores del ábaco. Encaja una pieza del rompecabezas y aplaude. El instante parece suspendido en esperanza. Pero el reloj sigue. La sangre sigue expandiéndose en su rostro. El tiempo es un enemigo.
Yessica recuerda que cuando nació, una enfermera le sugirió entregarlo como “caso médico” al hospital. Ella se negó.
“Sentí una conexión con él. Y juré que haría todo para sacarlo adelante. No es justo que algo que tiene solución no se haga por falta de apoyo. Si no se puede curar, uno acepta. Pero esto tiene cura. Solo falta voluntad”.
En Suárez, Cauca, la comunidad no ha sido indiferente. Aquí se repite una frase con frecuencia: “Todo el que llega a Suárez es suareño”. Y así lo han acogido. Vecinos, líderes comunitarios y amigos han tendido la mano, han ayudado en lo que pueden: desde donaciones, acompañamiento o el simple gesto de cuidar a sus otros hijos cuando Yessica viaja a Cali.
De Caracas a Suárez: 2.200 kilómetros por la vida
Desde la capital venezolana hasta este rincón del Cauca, la distancia no se mide solo en kilómetros: se mide en trámites sin respuesta, noches en vela, esperas en pasillos de hospital, y lágrimas contenidas frente a la sonrisa de un hijo que, aunque no puede hablar, lo dice todo con los ojos.
Hoy, Adriangel necesita algo más que atención médica. Necesita justicia. El derecho a la salud no debe ser una batalla. Esta historia puede cambiar si quienes tienen el poder de decidir, lo hacen con humanidad.
“Mi sueño es que le quiten eso de su rostro —dice Yessica—. Que pueda crecer sin miedo, sin burlas, sin dolor. Que se mire al espejo y se reconozca. Solo quiero eso. Salud, comida y vida para mi hijo. Eso es todo lo que pido”.
Hoy Adriangel sigue sonriendo, armando rompecabezas y lanzando fichas de colores sobre el piso, mientras su madre libra una batalla diaria contra la indiferencia y la lentitud del sistema. Pero el tiempo no espera, y su condición médica avanza con cada día que pasa sin tratamiento. Por eso, quienes deseen tender una mano solidaria, apoyar económicamente o conectar este caso con profesionales y entidades de salud dispuestas a ayudar, pueden comunicarse directamente con Yessica Ojeda al número celular 3107147482. La vida de su hijo depende de una atención urgente. Que no sea la burocracia la que decida su destino.



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