Dolores, la última Flor de la partería en Suárez
- laredaccionnews

- 2 oct 2020
- 17 Min. de lectura
Actualizado: 3 oct 2020
Entre el abandono y el olvido. Una mujer que dedicó su vida a un oficio milenario, hoy vive la realidad que trajo la modernización. Desde las montañas del Cauca narra su historia

Alumbramiento / Luis Marino
Había llegado el momento. Después de esperar largos nueve meses, ahora estaba allí, acostada en su cama, sudando frío y nerviosa al lado de una mujer robusta, trigueña, que sumergía calmadamente sus manos en agua caliente. Era el inicio del ritual casi místico del alumbramiento. Las contracciones eran cada vez más seguidas y pronto se hicieron más fuertes; la mujer con ayuda de su esposo atendía su parto y en la madrugada, el llanto de un bebé se escuchó en toda la casa. El pequeño Luis Marino había dado su primer aliento de vida a las 5 de la madrugada. Quiso el universo que viera la luz justo cuando despuntaba el día y la aurora entregaba los primeros rayos a esa tierra maravillosamente negra.
Aquella noche marcó la vida de Dolores para siempre, no solo se convertía en madre por primera vez, sino que también recibía el llamado de la partería en las montañas del Cauca, una zona de Colombia sobre la que se ha ensañado la horrible noche de la violencia en todas sus formas. Y es en Suárez-Cauca donde comienza y se desarrolla la historia de una mujer que ya superó las nueve décadas, que dio a luz a nueve hijos, y que, en la intención tan humana de manejar el tiempo, nombrarán cada uno de los apartados de este relato de vida: Luis Marino, Marina, Josefina, Camilo, María del Carmen, Juan Pablo, Rosa, Ana María y Bertilde.
La mística del número nueve / Marina
Nueve letras tiene la palabra G-E-S-T-A-C-I-Ó-N, este proceso que en los humanos y en algunos otros mamíferos como la vaca, dura nueve meses, tal vez por eso los críos como terneros se pegan a la leche como elixir de vida; nueve también fueron las sinfonías de Beethoven, ese sordo excepcional que nos ha hecho escuchar con el alma, así como una madre escucha los latidos del corazón de su hijo aún en el vientre; y nueve son las musas de la mitología griega: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania; espero que las de la Historia y la Retórica me acompañen en esta travesía; y nueve también son los círculos del Infierno descritos en la Divina Comedia de Dante Alighieri, muchos de los cuales se padecen en lugares como en el que nació, vive y muy probablemente morirá Dolores. En la vida de esta mujer este número cobra sentido, como una especie de acompañamiento vital.
El escenario / Juan Pablo
A 4 horas de la ciudad de Cali se encuentra La Meseta, un pequeño caserío enclavado en las montañas del Cauca. Llegar hasta allá es toda una aventura, se debe alcanzar la cabecera municipal de Suárez, un pueblo lleno de historia y resistencia afro. Allí se debe abordar una chiva o pintoresco bus escalera que hace el recorrido hasta la comunidad, solo los fines de semana; la otra alternativa que se tiene es pagar una suma entre veinticinco y treinta cinco mil pesos a un “moto ratón” para llegar hasta la montaña. Después se debe sortear una trocha serpenteante que se abre paso en la cordillera occidental, sobre la margen izquierda de la represa la Salvajina, una de las dos hidroeléctricas que tiene el río Cauca y que tiene una capacidad para retener 849 millones de metros cúbicos de agua, lo que equivale aproximadamente a 3.600 piscinas olímpicas. La misma fortaleza quizá que tienen las comunidades que hoy resisten ante las multinacionales que pretenden explotar el territorio, con el amparo del Estado y sus licencias ambientales; es como una lucha entre David Y Goliat que aún no se resuelve. Esta misma tierra que parió a Francia Márquez, la premio Nobel de
medio ambiente también dio a luz a Dolores, su última partera, y es que si de parir mujeres admirables se trata, Suárez es una potencia.
Entre rastrojos y una pared de tierra que se torna rojiza por trayectos y esquivando derrumbes de todos los tamaños, luego de un par de horas se llega a la vereda. Al llegar se entiende la razón del nombre del caserío, una pequeña planicie sobre una montaña a más de 1784 m.s.n.m, es el escenario de esta historia, y el hogar de su protagonista. Al preguntar por la Tía Lola se obtiene información fácilmente, “aquí vinimos al mundo gracias a sus manos” manifiesta un hombre de 50 años aproximadamente, de tez trigueña que sostiene un machete en sus manos con el cuál indica dónde se le puede encontrar. Todos la conocen y le agradecen la vida, una vida dura, llena de dificultades, pero en medio de una naturaleza espléndida. Porque la represa no solo inundó tierra, sino que irrigó con su espejo de agua la aridez del terreno y acabó las esperanzas de miles de campesinos y mineros.
Al dejar la carretera principal y tomar un camino angosto y polvoriento se llega a la casa, una vieja construcción de madera y bareque, con el techo oxidado y casi desmoronándose. Los fragmentos se los lleva el viento o el tiempo, ya no se sabe. De repente aparece Dolores alimentando una gallina, camina silenciosa, taciturna, se sienta lentamente en una vieja banca de madera en el patio de su casa y viaja en el tiempo para contar su historia.
Dolores es una mujer fuerte aún, hoy a sus 94 años luce llena de vitalidad y puede valerse por ella misma, su tez trigueña, curtida por el sol al que ha estado expuesta, reflejan el sacrificio de sus días, sus 1.48 metros de estatura y su larga cabellera muestran a una mujer de luchas y de resistencia. El tiempo ha avanzado, pero pareciera que se ha detenido en su cabeza, su cabello aun es negro, sus ideas claras y su memoria permanece intacta.

Unos viejos lentes desgastados, atados con una cuerda y pegados con plastilina esconden una mirada dulce, son ojos pequeños, negros, afectados por la catarata y el terigio. Son ojos que han visto demasiado, han contemplado el frío de la muerte, pero también el milagro de la vida manifestado en los nacimientos que ha atendido.
Su historia inicia en este pequeño mundo enclavado en las montañas de la cordillera, acá se sobrevive para vivir y se vive para ser campesino, ama de casa o guerrillero, esas son las opciones que tienen todos. Su nacimiento está enmarcado en un común denominador de la realidad colombiana, una hija no reconocida y una madre soltera que lucha contra los estereotipos.
Mientras en Colombia gobernaba Miguel Abadía Méndez en medio de una agitación social entre liberales y conservadores, en una humilde casa hecha de esterilla y guadua el 30 de diciembre de 1926, se daría el alumbramiento de la primogénita de Ascensión Flor, una niña saludable, de rasgos indígenas, que le heredó el nombre, nada más, nada menos.
Mientras entrelaza los dedos, lleva su mirada a ese lugar donde mira cuando nostálgica recuerda algo, y con su suave vos relata lo que rememora de su infancia, “Llevo el apellido de mi mamá, por eso soy Flor, mi papá fue Pedro Pablo Vivas, pero fue más papá Juan Velasco, el esposo de mi madre, él la recibió conmigo desde los dos años, téngalo por seguro, que es más papá el que cría que el que engendra, por eso siempre le dije papá a don Juan Velasco”
Esa figura paterna, que evoca Dolores la encontró en Juan, un hombre indígena proveniente de Silvia Cauca, la Suiza de América y que llegó a estas tierras buscando nuevos horizontes, y que, en su búsqueda, aunque se encontró de frente la pobreza, aquella que lo abrazó casi toda su vida, también vio en los ojos de Ascensión, la esperanza. Esa misma esperanza encarnada en la pequeña Dolores.
Su infancia / María del Carmen
Al preguntarle por su infancia levanta la mirada como si buscara en el inmenso cielo azul, los recuerdos que conserva en su memoria, extrae algunos, los más importantes… los que el tiempo no le ha arrebatado.
Sus ojos se humedecen, su respiración se pausa y las palabras poco a poco emergen de su interior “Soy la mayor de siete hermanos, mi familia siempre fue muy humilde, muy pobre; vivíamos en una casita por acá arriba, allá nacieron algunos de mis hermanos, manteníamos cambiando de casa… Si alguna le tocó pasar vida dura fue a mí, cuando tenía 12 años, me tocó trabajar para mantener a mis hermanitos”. Suspira, sonríe, mientras cuenta con sus dedos, los nombra uno por uno: Etelvina, Elvia, Rosa, Faustino, Cruz y Arturo. Su lista termina con su nombre, dice que unos ya se adelantaron, solo sobreviven tres.
A Etelvina el paludismo le apagó la vida a los 25 años, a Faustino, una “gripe mal cuidada” se lo llevó cuando no superaba los 30, Arturo murió de 18 años a causa de una extraña enfermedad en su piel y sus testículos, atribuida a una brujería. Elvia falleció siendo anciana a causa de una complicación respiratoria, Cruz, Rosa y ella, ya entrados en años les sobreviven, manifiesta que no sabe cuál se irá primero, pero que posiblemente sea ella.
Su único hermano, Cruz también ha llegado a la novena década, desde su casa de habitación en la ciudad de Cali, guarda en su memoria, aquellas remembranzas de su niñez “Éramos muy pobres, demasiado… dormíamos en hojas secas de plátano y tomábamos agua panela en vasos de guadua, a duras penas trabajábamos para comer.” dice suavemente mientras toma un trago de agua, como queriendo hidratar su memoria, aquella que la demencia senil quiere borrar.
Al evocar su infancia Dolores sonríe nostálgica, solo estudió hasta tercero de primaria, aprendió a leer y a escribir y gracias a su buena relación con las profesoras, vivió con ellas por temporadas, fueron precisamente aquellas mujeres, quienes le enseñaron a coser, a hacer pan y algunas técnicas de inyectología, allí justo allí, se daría su primer y único acercamiento al área de la salud, desde la ciencia.
Su labor / Luis Marino
En su nombre lleva marcado como un designio de Dios, la que ha sido su labor en los últimos 70 años, el nombre es de origen español y significa ; "aquella que sufre dolor" y alude al sufrimiento de la virgen María por la muerte de su hijo, también está relacionado con las contracciones del alumbramiento. Dolores es partera por vocación y amor a la vida misma, lleva en sus arrugas innumerables historias, su memoria es un tesoro antropológico que está a punto de desaparecer. Recuerda como inició en este ejercicio, el mismo que en el 2016 fue reconocido como patrimonio cultural e inmaterial de Colombia.
Se casó a los 16 años, a los 19 tuvo su primer embarazo de 9 que tuvo, mientras se acomoda en la incómoda silla, cuenta entre risas como le exigió a su nuevo esposo, un hogar después de vivir unos meses en casa de su suegra. “Le dije, ¡no señor! el que se casa quiere casa, sino trabajo pasa, me hace mi casa o nos separamos, y funcionó Camilo me hizo mi casa” Entre risas recuerda a aquel hombre que la acompañó y que decidió compartir su vida con ella hasta hace 10 años, cuando una enfermedad desconocida se lo llevó. Recordemos que a estas regiones difícilmente llega el sistema de salud. Para Dolores es inevitable no conmoverse cuando menciona su nombre.
En su primer parto se daría la oportunidad de aprender, su aprendizaje fue práctico y doloroso, todo el proceso desde el primer mes de su embarazo fue guiado por su tutora, Hilaria Tafurt, una mujer, robusta, alta, de piel trigueña que ejercía como matrona en la comunidad. Mientras abrocha uno de los botones de su vestido, su voz toma fuerza, como si la gratitud que lleva hacia aquella mujer la renovara.
“Era una mujer muy buena, no era egoísta, me guió, me enseñó y le doy las gracias. Me decía, observe bien, porque todo lo que yo haga con usted, lo va a hacer con sus hijas y otras mujeres, eso es lo que debe hacer. Hay personas que tienen boca de profeta, ella me dijo: usted va a tener muchas hijas y dicho y hecho, tuve seis, y solo tres varones.”
Pero la muerte pareciera haberse ensañado con la maestra de la vida, así como le arrebató a gran parte de sus hermanos siendo muy jóvenes, se fue llevando uno a uno sus hijos. De nueve que tuvo, solo sobreviven cuatro, tuvo un aborto espontáneo de una bebé de casi 28 semanas, a Luis Marino se lo llevó a los dos años debido a una infección gastrointestinal, María del Carmen falleció por otras causas, a Bertilde un cáncer le apagó la vida hace 8 años, Juan Pablo nació sin vida, pero su hermana melliza Josefina le sobrevive, hoy se acerca a los 50 años. Dolores es un encuentro vivo de la vida y la muerte, de esa doble condición que llevó al cantor a decir lo curioso que resulta el ser humano: nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere. ¡Cuán fecundo fue Facundo Cabral! No tanto como Dolores, eso sí.
“El señor que se las llevó, sabe porque se los llevó.” dice mientras encoje los hombros – “en medio de todo doy gracias a Dios, porque allá me están esperando.” Cuánta resiliencia tiene es esta mujer, tan grande incluso como su fe; hoy su fortaleza ya no está en sus manos, pero está en su corazón.
El arte de partear / Camilo
Su aprendizaje fue práctico, iba con su matrona a atender partos, aquí y allá, observaba, le alcanzaba los elementos necesarios a su tutora, el agua hervida, el alcohol, el vino blanco, algunas plantas, tijeras e hilo, todo lo necesario para el momento del alumbramiento. Así poco a poco fue soltando, perdiendo el miedo y conociendo la anatomía de la mujer.
Aprendió que su ejercicio implica esfuerzo y acompañamiento durante el proceso de gestación, alumbramiento y la etapa de postparto. En un departamento con una tasa de mortalidad por embarazo de 97.1 por cada 100.000 habitantes, mujeres como ella logran salvar la vida de cientos de mujeres, las acompañan en el proceso de crear y dar vida, porque las conocen culturalmente, conocen su salud sexual y reproductiva y desempeñan un papel protagónico en sus comunidades, pues adelantan un trabajo tradicional que viene desde el principio del mundo, tanto así que los relatos bíblicos hablan de ellas. Como Sifrá y Fuvá las dos parteras hebreas a las que el rey de Egipto ordenó matar los niños varones, durante el
parto, temiendo las predicciones de que nacería quien le quitaría su reino, pero que estas no obedecieron y el pueblo hebreo se multiplicó.
Dolores sabe que para traer una vida al mundo se requiere de tiempo, mucha paciencia y mucha energía, y es consciente de que el momento del nacimiento puede llegar a ser traumático
Al hablar del acompañamiento que se hace, Dolores se emociona, hace mucho que no habla de lo que implica su trabajo, dice que pocos, sino nadie, se interesa en eso, en sus conocimientos, que muy seguramente se llevará a la tumba. “Desde el primer mes se acomoda el bebé, para que no se tuerza, mediante los masajes se acomodan si están en una mala posición, estos son los que protegen a la criatura” dice dulcemente mientras se frota el vientre con sus manos desgastadas. “Días antes del parto, se frotan cosas frescas en la espalda, sábila o aceite de almendras, para evitar que el cordón umbilical y la placenta se peguen y evitar, que todo se complique, dicen que no se puede meter la mano, pero uno
tiene que hacerlo, eso sí con mucho cuidado.”
El proceso es largo, casi durante los nueve meses, las mujeres la visitaban en su casa y cuando el momento se acercaba ella las visitaba, les acomodaba el vientre y con una exactitud asombrosa podía identificar el sexo del bebé “uno aprende a conocer cuándo será un varón o una mujercita por la forma y el tamaño de la panza” Dice sonriendo. “Al momento del parto se necesita mucho más que dos manos y es indispensable la ayuda de otras personas” Así reconoce ella.
“Se necesita al marido, necesitamos fuerza para que la sostenga de las arcas, su ayuda es necesaria para sostenerla en la posición que debe de estar, en mi poder un niño no puede nacer con la mujer acostada, se necesita que ella esté arrodillada, es más sencillo y menos riesgoso.”
Cuando la escucho, pienso en la diferencia médica, en la distancia abismal entre la tradición y la ciencia, pero también en esa sabiduría que han recogido los pediatras de las parteras para minimizar los riesgos de un nacimiento. Algo tan natural como complejo, tan humano como milagroso. Y en mi mente una mujer arrodillada a punto de parir y una en una camilla de partos en cualquier clínica de cualquier ciudad.
El milagro de la vida / Marina
El alumbramiento es casi un ritual místico de unión y desunión al mismo tiempo, es el momento donde florece la vida. Dolores rinde homenaje a su apellido, ella es Flor y trae frutos a este mundo. Desconoce la terminología médica y científica, no sabe por ejemplo la cantidad de músculos que se contraen en ese momento. No conoce el músculo ileococcígeo, el músculo pubococcígeo o el puborectal, ni el músculo bulbo cavernoso; o que también en el proceso interviene el esfínter anal externo y el transverso superficial del periné o que la pelvis de las mujeres ha ido evolucionando con el paso del tiempo para adaptarse a la nueva morfología de los seres humanos, sin embargo, su saber ancestral, trasmitido generacionalmente, le ha permitido ayudar a florecer la vida desde esta Colombia olvidada y marginada.En sus manos arrugadas cabría solo un pequeño ramillete de todos los seres que
ha traído a este mundo.
Son muchas las situaciones que ha tenido que sortear, sus pasos han recorrido estos caminos, durante sus más de 90 años, conoce todas las veredas y cada rincón de estas montañas que se erigen imponentes a la margen del río. A caballo, a pie, a altas horas de la noche, aún en medio de la lluvia, porque no falta el individuo que le da por nacer en medio de la tormenta o que por cuestiones del destino le dé por nacer al mismo tiempo que otro.
Esas situaciones las conoce perfectamente Dolores, mientras me enseña sus manos levantando el dedo índice, como buscando esa conexión conmigo, como una forma de empoderamiento quizá, suelta con orgullo palabras que causan asombro, “Hay ocasiones, y no es por alabarme ni gloriarme, pero me tocaba sacar dos partos en una noche, una noche atendía una señora acá cerca, y cuando estaba entregando el bebé después de cortar el cordón umbilical y “chumbarlo” (envolver al bebé en una tela y atarlo con una cinta bordada en lana u otro material, con el fin de reducir su movilidad) me llamaron a atender al otro, salí
en medio de la noche, corriendo donde la otra señora que vivía como a media a hora. A Dios gracias ambos nacieron muy bien. Ya tienen como 25 años.”
Ella ya no se acuerda de la cifra exacta de partos que atendió, generaciones enteras de esta vereda nacieron en sus manos, de nuevo levanta la mano, gira la muñeca y con un tono de voz ronco dice: “algunos dan gracias, si no fuera por usted yo no viviría, me dicen.”
Su misión la ha llevado a lugares recónditos de esta escarpada geografía, incluso fuera del departamento. Donde sea que recibiera el llamado de la vida allí estaba, con sus manos cortas, sus tijeras y el hilo que ataba con fuerza a cada cordón umbilical que cortaba, cada una de las vidas que ayudó a nacer lleva en su vientre la cicatriz, la firma imborrable de Dolores Flor, incluso sus nietos, así lo recuerda cuando sonríe. “A mis hijas a todas las ayudé, a mi nuera, incluso he tenido que salir de la región, fui hasta Buga a atender a una mujer, a Palermo Huila a atender una sobrina, que es la que me ayuda ahora. Para que vea como es Dios.” Ese ser en el cree con toda convicción Dolores, parece ser ese aliciente que la sostiene hoy.
Todo lo que hizo fue recompensado, su calidad de vida mejoró con los años, gracias a su labor construyó su casa y pudo tener por su vocación de madre y cuidadora muchos animales. Mientras señala, la gallina que picotea cerca de la casa y con una risa de picardía, cuenta su anécdota, “Llegué a tener, vacas, bestias, chivos, ovejos, conejos, palomos, patos, gallinas, curíes, pavos… Ahora lo único que tengo es experiencia.” Suelta una débil carcajada, mirando su patio con resignación, de todo lo que tuvo, afirma, lo único que la acompaña ahora es una solitaria gallina. Dos especies distintas unidas por la soledad y el ciclo de la vida.
Entre la memoria y el olvido / Josefina
Con la modernización de las zonas rurales llegó también un débil sistema de salud, lo que hizo que una práctica tradicional en esta región perdiera su valor, las mujeres dejaron de utilizar este servicio y los reemplazaron por los controles prenatales en los hospitales, el parto natural por cesáreas programadas que parecen convertirse en un negocio. Las nuevas generaciones ahora ya no florecen naturalmente, ahora nacen producto de una incisión quirúrgica. Esta realidad cambió la vida de dolores, así lo reconoce, “Después de un tiempo la gente dejó de buscarme. Aun sabiendo que lo que hacemos es importante y que los masajes son los que favorecen las criaturas, los médicos han prohibido lo que hacemos. Eso es triste.”
De su familia nadie quiso continuar su legado, ahora Dolores es la última partera de esta región. Ya no está Hilaria Tafurt, ni Gracia Mera, tampoco Ángela María Sarria, Evelina de Vivas, ni Gladys Mera. Hace mucho que este grupo de valiosas mujeres se fragmentó, solo quedan sus nombres en algunas cruces y lápidas carcomidas en el cementerio de la región; y bueno, también en la memoria de esta mujer, fueron sus colegas y su mentora a la cual le debe todo.
Con nostalgia, las recuerda y evoca también sus años de Gloria, sus ojos se humedecen y con una voz apacible, da otra lección de humildad y resignación.
“Esas son cosas de mi Dios, una vez le dije a mi Pastor que quería dejar esta misión me dijo que mi llamado era divino y que mientras tuviera fuerzas debía continuar, me aconsejó que mientras mi saber no se me olvidara y pudiera moverme por mí misma, lo hiciera por amor de Dios, y eso hice. Hasta hace poco atendí mi último parto, gracias a Dios en mis manos nunca murió un niño".
Dolores es el reflejo de esa fe que mueve montañas y aunque la muerte se ensañó con ella, la vida se aferró a sus manos de otra manera.
La soledad / Ana
La vida de Dolores ha cambiado mucho también, enviudó hace 11 años, hace 8 años murió su hija menor quien la cuidaba y después de su muerte, vive en una profunda soledad, no está en tratamiento médico a pesar de su edad y sus dolencias, “Yo le doy gracias Dios y a la que me enseñó, aquí a veces vienen a buscarme, pero ya las fuerzas no me dan. No consumo medicamentos, ya no puedo montar a caballo, ni en moto, si lo pudiera hacer andaría para arriba y pa’ abajo, El único que me acompaña es Dios, lo único que puedo hacer cada mañana es pedirle que me dé vida y salud. Mi hija viene cada mes a verme, y me trae un mercadito. Mi otro hijo vive cerca y aunque mantiene pendiente de mí, no puede hacerlo todo el tiempo.”

Su voz se quebranta, como se fragmenta su casa. Su respiración toma pausas y parece que se agotan las palabras. Es increíble que, aunque el idioma español posea más de 88.000 palabras, haya situaciones en las que ninguna puede ser pronunciada con el mismo ímpetu.
Hace poco por cuestiones de burocracia o corrupción, el Estado le quitó el único ingreso que tenía, un subsidio monetario mensual que entregan a los adultos de la tercera edad y que no supera los $70.000 mensuales, en voz baja y con temor Dolores dice que la única que le da la mano es una vecina, a ella recurre cuando necesita algo, pero no siempre puede caminar los 300 metros que las separan. En su casa muestra un viejo balde de pintura en el que guarda algunos víveres, todos los días saca un poco de arroz o panela, ella misma cocina en un viejo fogón de leña, en su cocina ubicada en un costado de la casa.
Esta situación inquieta a sus conocidos más cercanos. Conmovida Gilma Sarria, una de sus vecinas, refleja su sentir, está sentada a un lado de ella, y le sostiene la mano; fue el contacto para llegar hasta Dolores y también hoy conoció un poco más de su vida, cosas que desconocía y que hoy la asombran más, incluso despertó aún más su sensibilidad, su humanidad y empatía “Es muy triste porque una persona que hizo tanto por mucha gente hoy está en el olvido, eso duele, yo le ayudo en lo que más puedo, pero también tengo mis obligaciones y no puedo hacer más”
Hoy a su avanzada edad sufre problemas respiratorios, y difícilmente puede conciliar el sueño en las noches. Poco a poco su vitalidad se va apagando como se esfuma la luz de una vela, sin embargo, es su fe y amor de madre la que la motiva a cuidar de sus hijos y nietos que viven cerca y por los que se preocupa todo el tiempo. Mientras señala su cuello y levanta de nuevo su dedo índice, narra lo difícil que suelen ser sus noches. “Hace poco en la noche me enfermé, me atacó una tos horrible, sino tuviera a Dios hace rato hubiera colgado el saco, como dicen…Esa noche me arrodillé como pude y le pedí y al otro día amanecí bien, ni modo de llamar a mi hijo porque no podía ni levantarme.”
Y así entre la soledad y el olvido vive los que quizá sean sus últimos días, la última Flor de la partería en esta región, los meseteños conocen su nombre, pero quizá desconozcan su historia; a pesar de todo dice que es feliz que fue feliz y que mientras haya personas que reconozcan lo que hizo por ellos, siente que su paso por este mundo no ha sido en vano.
Ha caído la tarde y el sol esta por esconderse detrás de las montañas, se cierra un día y un capítulo más de la historia de Dolores, antes de levantarse de la vieja banca de madera y al preguntarle ¿Cómo le gustaría ser recordada?, se sume en un silencio profundo, para unos segundos, sonríe y exclama:
“Como cada uno quiera recordarme… si es que quieren hacerlo.”



Comentarios