Cristian y el canto que nadie escuchó
- laredaccionnews

- 11 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 14 jun 2025
Por un cronista que aún cree que escribir también es resistir.

Su nombre era Cristian Muñoz Serna. Pero en Suárez, Cauca, muchos lo conocían simplemente como “el muchacho de los ojos claros”. Era delgado, llevaba siempre unos Crocs desgastados, y tenía esa mirada de quien carga un mundo que pocos entienden, pero que él, a su modo, intentaba traducir con canciones que surgían de su cabeza como ráfagas de vida. Lo suyo no era la cordura del calendario ni la lógica de los horarios: era otra forma de estar en el mundo.
Ayer, 10 de junio de 2025, Cristian fue asesinado en la vía que conduce de Timba a La Balsa. Allí quedó su cuerpo, en una carretera que tantas veces recorrió, tal vez buscando algo de sentido, o alguien que lo nombrara más allá de sus crisis o su silencio. Tenía una discapacidad cognitiva, sí. Pero también tenía una historia. Una vida. Una voz.
A Cristian le fallamos todos. No solo quienes apretaron un gatillo sin saber a quién disparaban, sino también quienes lo vieron ir y venir por las calles del pueblo, sin un sistema que lo acogiera realmente. Era frecuente encontrarlo entrando y saliendo del hospital, confundido, a veces con convulsiones, a veces sonriendo. Se decía que padecía epilepsia, pero también cargaba con algo más profundo: una historia que nunca tuvo quien la contara con el cuidado que merecía.
Las autoridades locales intentaron ayudarlo. Se hicieron gestiones, se buscaron rutas de atención, se tocaron puertas. Pero del otro lado se encontraron con trámites eternos, con una EPS insensible y con un silencio profundo. Un silencio que gritaba más que sus crisis, más que sus cantos inventados. El mismo silencio institucional que condena a tantos a la intemperie emocional y médica.
Quienes trabajaron en el hospital lo recuerdan con afecto. A veces cantaba historias inventadas, a veces hablaba solo, a veces era pura ternura. No era agresivo. Era un niño en cuerpo de joven, buscando afecto en una sociedad que muchas veces no tiene tiempo para los que caminan más lento, para los que no encajan, para los que duelen.
Y así, con sus canciones espontáneas, Cristian sacaba sonrisas. Se detenía a hablar con cualquiera. A veces dormía donde podía. A veces pedía ayuda. Y muchas veces, la ayuda no llegaba.
Su muerte duele como un espejo roto. No solo porque se apaga una vida, sino porque refleja una violencia que no discrimina: no distingue edad, ni condición, ni fragilidad. Porque en Colombia ya no hay sueños grandes ni sueños discapacitados. Solo hay sueños que se apagan a tiros.
Duele porque Cristian no era un “nadie”. Era un hijo del pueblo. Un joven al que debimos cuidar más. Al que la guerra, el abandono institucional, y la indiferencia colectiva le arrebataron la posibilidad de un hogar digno, de un tratamiento constante, de una mano amiga.
No sabemos si comprendía del todo lo que ocurría a su alrededor. Tal vez por eso cantaba. Tal vez por eso sonreía. Tal vez por eso su muerte grita tanto hoy.
Ojalá —decimos con fe temblorosa— que allá, en ese otro lugar, encuentre la protección que aquí no le dimos. Ojalá que allá alguien lo esté esperando con una sonrisa y un refugio. Que allá no existan disparos, ni abandono, ni miedo.
Y que aquí, en este pueblo que tanto necesita sanar, podamos mirar su historia no como una anécdota triste, sino como una llamada urgente a ser mejores. A que nadie más —ni con discapacidad, ni sin ella— muera sintiéndose solo, o innecesario.
Este es un homenaje a su memoria. Nombrarlo es recordarnos que existió. Que aún existe en la conciencia de quienes lo vimos, de quienes intentaron comprenderlo, y sobre todo, de quienes hoy lloran su ausencia. Es un llamado urgente a detener esta violencia absurda que no distingue rostros ni historias, que apaga la vida de los más vulnerables y los convierte en cifras anónimas.
Porque la dignidad no es una concesión. Es un derecho. Y Cristian, con su paso sereno, con sus canciones inventadas, con sus ojos claros que ahora miran desde otra parte, nos lo acaba de recordar.



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