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Aquí no hay humo blanco, solo el negro del olvido

  • Foto del escritor: laredaccionnews
    laredaccionnews
  • 8 may 2025
  • 2 Min. de lectura

Mientras el mundo mira al cielo esperando señales de esperanza, en Suárez, Cauca, el humo que se alza habla de guerra, abandono y una resiliencia que resiste lo insoportable.


Por: Cristian Velasco

Mientras el mundo observa con expectativa la chimenea de la Capilla Sixtina, esperando el humo blanco que anuncie al nuevo pontífice, en Suárez, Cauca, una humareda distinta se alzó ayer sobre el cañón. No era símbolo de elección ni de fe compartida. Era el humo áspero y brutal de las explosiones, el que tiñó el cielo de grises, de blanco herido, y finalmente de negro. Negro como la noche que cayó sin consuelo. oscuro como la ausencia del Estado.


Ayer, en este rincón golpeado del país, volvió a pasar lo impensable. Un nuevo ataque. Otro más. Como si la guerra tuviera domicilio en esta tierra sembrada de café, de esperanza, de vidas que quieren simplemente vivir.


Los niños, los que deberían estar aprendiendo las letras y el juego, corrieron despavoridos preguntando qué estaba pasando. “¿Otra vez, mamá?”, preguntó uno, mientras su madre lo abrazaba con los ojos en lágrimas y el alma en vilo. El eco de las explosiones se mezclaba con las oraciones, con los rezos que ya son parte del repertorio diario: “Glorioso Dios, guarda a nuestro pueblo, Señor”. Así lo clamaba una mujer, aferrada a su fe como quien se cuelga del último hilo antes del abismo, mientras con su celular registra el ataque.


En este mismo camino, el 3 de mayo, había pasado la cruz de la esperanza, esa que los fieles cargan como acto de resistencia y devoción. Ayer, por esa misma carretera polvorienta, desfiló la muerte. Una muerte silenciosa, cínica, que ya no necesita anunciarse porque se ha vuelto habitual. Porque se pasea por las calles como dueña.


Un estruendo. Gritos. Trabajadores que quedaron atrapados en medio del fuego cruzado. Y mientras tanto, a cientos de kilómetros, un gobierno ocupado en escándalos, en cálculos electorales, en mezquindades que poco entienden de este dolor. Un comunicado escueto. Una respuesta tibia, burocrática, que no consuela ni protege.


Aquí, en el Cauca profundo, seguimos hablando de paz. La exigimos. Nos aferramos a ella como quien se agarra de un mástil en medio del naufragio. Pero cada vez parece más una palabra hueca, diluida entre promesas incumplidas y abrazos institucionales que no llegan. Las banderas blancas que cuelgan en las escuelas ya están rotas, desgastadas, polvorientas. Como nosotros. Como nuestras esperanzas.


Y sin embargo, hay algo que no han podido quemar ni silenciar: la resiliencia. Esa terquedad de vivir. Esa dignidad que se levanta incluso entre ruinas. Porque en Suárez, pese al miedo, seguimos cantando. Seguimos rezando. Seguimos esperando un humo blanco que no venga de Roma, sino de nosotros mismos: uno que anuncie que, por fin, nos están escuchando.


Aunque no nos escuchen, aunque desvíen la mirada, Suárez no se rinde. Se abraza en medio del dolor, se sostiene a sí mismo con la fuerza de su gente, con la dignidad de quien ha resistido demasiado. De eso estamos hechos: de coraje, de memoria y de una esperanza que no se deja apagar, ni por balas, ni explosiones.

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