Sin banco, sin pagos y sin Estado: el limbo de los adultos mayores de Buenos Aires, Cauca
- laredaccionnews

- hace 6 días
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En Buenos Aires, Cauca, el tiempo dejó de medirse en días. Aquí se cuenta en ciclos: el 12 de 2025 que nunca llegó, el 1 y el 2 de 2026 que se fueron acumulando como deudas viejas, y un ciclo 3 que asoma en el calendario mientras la incertidumbre sigue intacta.
Desde noviembre de 2025, los adultos mayores dejaron de recibir el subsidio de Colombia Mayor, y las familias inscritas en Renta Ciudadana y la devolución del IVA quedaron atrapadas en un limbo que no aparece en los formularios oficiales, pero que se siente en la mesa vacía.
Todo comenzó —o se agravó— con la toma armada que sacudió al municipio a finales del año pasado. Nueve horas seguidas en las que el miedo se instaló en las calles. La sede del Banco Agrario quedó reducida a ruinas. La alcaldía, afectada en su totalidad. La Casa de Justicia, fuera de servicio. Con ello, no solo se rompieron paredes: también se interrumpió el único canal que tenía la gente para recibir el dinero que sostiene lo básico: comida, medicamentos, transporte.
Hoy, la cifra es tan concreta como dolorosa:
2.748 adultos mayores y 1.052 beneficiarios de Renta Ciudadana y devolución del IVA siguen esperando.
Entre ellos, 1.080 nuevos beneficiarios que ni siquiera han podido cobrar por primera vez.
En las mañanas, la escena se repite. Hombres y mujeres de bastón, de paso lento, llegan hasta el casco urbano preguntando lo mismo:
—¿Será que ya pagaron?
Pero no hay respuesta.
La plata, dicen, no ha llegado. O llegó al banco, pero no hay cómo entregarla. O está retenida porque no hay condiciones de seguridad. O porque no existe una entidad financiera que garantice el proceso.
El argumento oficial, desde Prosperidad Social, es claro: sin garantías de orden público, no hay desembolsos.
Pero para quienes esperan, la seguridad tiene otro significado:
es poder comprar el arroz del día.
Kelly Viviana Carabalí, coordinadora de la Oficina de Programas sociales del municipio, lo resume con preocupación. Desde su oficina —también golpeada por la crisis— se han enviado documentos, solicitudes, insistencias. Se han elevado peticiones a todas las instancias posibles. Pero la respuesta tarda.
“Estamos haciendo todos los esfuerzos”, dice.
Y en esa frase cabe tanto la gestión institucional como la impotencia.
Estos son algunos de los documentos y solicitudes de la Oficina de Programas Sociales.
Desde el nivel regional de Prosperidad Social reconocen las dificultades: no hay banco, no hay operador con músculo suficiente, y la inseguridad persiste. Se ha hablado incluso de una jornada de pago masivo, pero todo depende de una palabra que en Buenos Aires suena lejana: condiciones.
Condiciones de seguridad.
Condiciones logísticas.
Condiciones que, en la práctica, se traducen en más espera.
Mientras tanto, en las veredas, el subsidio sigue siendo —para muchos— el único ingreso. No es un complemento: es la base. Sin ese dinero, la economía doméstica se desarma.
Hay quienes han tenido que endeudarse. Otros dependen de familiares. Algunos, simplemente, reducen lo que comen.
Y todos comparten una sensación: la de haber quedado por fuera de la conversación.
Porque lo que más duele no es solo la falta de pago.
Es el silencio.
La paradoja es evidente: el Estado reconoce a los beneficiarios, los incluye en listados, los cuenta en estadísticas… pero no logra llegar hasta ellos.
En Buenos Aires, el subsidio existe en el papel, pero no en el bolsillo.
Y así, el municipio vive suspendido entre lo que está aprobado y lo que nunca se concreta.
Las comunidades no están pidiendo más.
Piden lo mínimo: que se adelante la jornada de pago, que se encuentre una ruta, que alguien dé una respuesta clara.
Que el tiempo vuelva a medirse en días.
Porque cuando la guerra pasa —cuando se apagan los disparos y se disuelven esas nueve horas de toma armada— no se va del todo. Se queda. Se instala en lo cotidiano, en lo que no llega, en lo que se rompe y no se vuelve a levantar.
Y siempre toca a los mismos.
A los adultos mayores que hoy hacen fila sin respuesta.
A las familias que dependen de un subsidio que no aparece.
A los territorios donde el banco no se reconstruye y el Estado se vuelve promesa.
Después de la toma armada, el país miró. Hubo titulares, hubo urgencia, hubo ruido. Pero el tiempo pasó —como pasa casi todo en Colombia— y el nombre de Buenos Aires, Cauca, dejó de pronunciarse en los medios.
Y entonces vino el silencio.
Los volvimos a olvidar.
Los volvimos a dejar solos.
Porque la guerra no solo hiere cuando ocurre.
También cuando se olvida.
Desde esta redacción recibimos la denuncia de uno de los muchos abuelos que hoy siguen esperando. Lo escuchamos, como se escucha a quien ya no tiene a quién más acudir, y decidimos contar esta historia para que no se pierda en el silencio.
Hoy somos su voz.Y seguiremos siéndolo.
Con la esperanza —que también es una forma de resistencia— de que pronto esta historia cambie, y podamos contar no la espera, sino la llegada de lo que durante tanto tiempo les ha sido negado.







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