Que la flauta siga sonando y sanando en San Isidro
- laredaccionnews

- 13 nov 2025
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Por Velasco_al_Cuadrado
Es domingo, pero no es un domingo cualquiera. En la montaña de San Isidro, en Morales, Cauca, el amanecer trae un rumor distinto. No son los machetes abriendo surcos ni el ruido absurdo de la violencia. Es otro tipo de llamado: el de una flauta que despierta a este territorio con la dulzura de su memoria.
Desde temprano, por las calles comienzan a subir motos cargadas de risas, chivas llenas de emociones, y familias enteras que llegan con sus tambores, sus maracas y sus sueños. Niños y niñas que apenas saben leer cargan flautas casi más grandes que ellos; las abrazan como si fueran tesoros. Vienen motivados por una ilusión sencilla y profunda: tocar por la paz.
El coliseo de San Isidro, ese viejo refugio comunal de techo metálico, hoy luce como nunca. En su centro se desarrolla la cuarta versión del Encuentro de Chirimías Sigifredo Gutiérrez, una cita anual donde la música tradicional del Cauca y del Pacífico, se convierte en un lenguaje de resistencia. Aquí, las comunidades no solo tocan instrumentos: también recuerdan, sanan y celebran la vida.
Una a una, las chirimías van tomando el escenario. Los más pequeños soplan con fuerza sus flautas, algunos desafinan, otros ríen nerviosos, pero el sonido que brota tiene algo de sagrado. Es el sonido de un pueblo que se niega al silencio.
El homenajeado, Sigifredo Gutiérrez, fue un músico y líder social que soñó con una comunidad unida, alegre y en paz. La violencia lo arrancó de su gente, pero no logró apagar su melodía. Su lema, “Oído, comunidad”, sigue siendo la voz de mando en cada ensayo, en cada encuentro, en cada niño que aprende a soplar una flauta por primera vez.
El lema de esta edición lo dice todo: “Que la flauta siga sonando”. Y hoy, esa flauta no solo suena: sana. En un acto de memoria, se pronuncian los nombres de las víctimas, llegan flores blancas, y el aire se llena de silencio y respeto. Luego, el primer tambor rompe la pausa, las marimbas despiertan, y la vida vuelve a danzar entre las manos de quienes se niegan a olvidar.
De Sotorá, Piendamó, Cajibío, de otras veredas de Morales y municipios vecinos, llegan las chirimías a sumarse al ensamble final. Las flautas, los bombos, los platillos, los tambores, las marimbas y las voces se funden en una sola melodía que retumba en este espacio, atraviesa los cafetales y sube por la montaña. Es una sinfonía de esperanza.
Allí, bajo el sol tibio de la tarde, los niños bailan, las madres aplauden, los padres sonríen.
Hay algo en ese instante que parece eterno: como si el espíritu de Sigifredo caminara entre ellos, celebrando que su legado sigue vivo, que su comunidad sigue de pie. Ese sonido, tejido con amor y memoria, sube por la montaña y se pierde entre las nubes. Algunos dicen que allá arriba, donde el viento hace su propia música, también escucha y sonríe. Porque mientras haya una flauta sonando en San Isidro, habrá un corazón resistiendo. Y mientras esa melodía siga cruzando las montañas del Cauca, la paz seguirá teniendo ritmo, rostro y nombre propio.



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