El Mojingo: la leyenda que aún respira en La Meseta Suárez, Cauca
- laredaccionnews

- 31 oct 2025
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Por: Cristian Velasco
Por las lomas frías de La Meseta, una vereda perdida entre los pliegues de Suárez, Cauca, todavía hay quien baja la voz cuando cae la noche. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo comenzó a rondar el Mojingo, esa sombra sin cabeza que aparece donde la oscuridad es más espesa. Pero todos lo nombran con un respeto antiguo, de esos que solo se tienen por los muertos o los demonios.
El susto de Olmedo
Cuentan los mayores que el primero en verlo fue Olmedo Velasco, un campesino de los duros, bigotudo y de machete terciado a la cintura. Era comienzos de los años dos mil, tiempos en que las fiestas en la vereda se armaban en la casa comunal con un par de cajas de aguardiente y una cabina que a veces sonaba más a paila fritando que a música.
Aquella noche, Olmedo había jugado dominó hasta entrada la madrugada. Cerró la portada de la finca, trepó el barranco y tomó el camino de regreso a su casa. A lo lejos podía ver el techo de teja que se mezclaba con la oscuridad de la noche. El aire frío de la montaña cortaba la piel y los grillos marcaban el paso del silencio.
Fue entonces cuando apareció Joselito, un niño conocido en la vereda. Caminaba solo, descalzo, con una sonrisa que parecía flotar en la penumbra.—Acompáñeme —le dijo el muchacho.—¿Y pa’ dónde va tan tarde? —respondió Olmedo, confundido.—Vamos al cementerio —contestó, entusiasmado.
Olmedo sintió un escalofrío que le heló la espalda. La voz del niño sonó más grave, más hueca. Lo miró otra vez y lo que vio lo dejó sin alma: el cuerpo creció, se estiró hasta volverse una silueta negra, altísima… sin cabeza.
El mismo diablo, pensó, y alcanzó a murmurar un “Virgen Santísima” antes de sacar su machete.
Nadie sabe cómo llegó a su casa. Su esposa lo encontró golpeando la puerta, con los ojos desorbitados. Apenas entró, se desplomó frente a la vela encendida que alumbraba la sala.
Cuando volvió en sí, ya no era el mismo. Murmuraba incoherencias, tenía una fuerza bestial y gritaba que debía ir al cementerio.
Los vecinos acudieron con rezos, agua bendita y el viejo Magníficat.“Más agua bendita”, pedía la mujer.“Un credo más”, decía el rezandero.
El hombre, empapado y tembloroso, cayó al fin rendido. Desde entonces, mandó a tejer una guasca de cerda, un látigo hecho con pelos de la cola de una vaca, bendecido por el cura del pueblo. Se decía que ese objeto ahuyentaba a los malos espíritus, porque el diablo le teme al movimiento de las vacas.
Pero el Mojingo volvió. Dos veces más. Siempre el mismo llamado: “vamos al cementerio”...
Gilma: la sombra del baño
A Gilma, vecina de voz fuerte y mirada firme, se le apareció una madrugada. Su esposo dormía y ella se levantó para ir al baño, como se acostumbra en el campo, afuera de la casa, cruzando el patio. El aire era húmedo y las hojas del plátano se movían con un sonido triste.
Caminó con la vela encendida, cuidando que no se apagara con el viento.Cuando salió del baño, lo vio: una sombra parada junto al lavadero, inmóvil, más oscura que la misma noche.
No tenía cabeza. Solo un cuerpo largo, delgado, que parecía flotar.
Gilma sintió cómo se le doblaban las piernas. Intentó gritar, pero no salió ni un suspiro. Retrocedió despacio, con el corazón martillando en el pecho. La vela se apagó.Y entonces escuchó tres golpes secos en la pared, justo al lado del baño.
Corrió hacia la casa, se encerró con tranca, y pasó el resto de la noche rezando. Al amanecer, juró que no volvería a salir sola después de las die .Y hasta el día de hoy, no lo ha hecho.
Steven: la carrera de la cancha
A Steven, un joven inquieto y valiente, el Mojingo lo esperó en la cancha. Era tarde, casi medianoche, y él regresaba solo de jugar con amigos. El camino de la cancha era recto, pero solitario, bordeado por alambres de púas y árboles de guayaba.
De pronto, el viento se detuvo. Ni un grillo sonaba. Fue cuando vio la figura: alta, negra, quieta en mitad de la cancha, sin rostro, sin cabeza.
El cuerpo se le paralizó, pero el instinto lo hizo correr. Corrió sin mirar atrás, tropezando entre las piedras, sintiendo que la sombra lo seguía. Al intentar cruzar el alambrado, se rasguñó la cara. Llegó a su casa jadeando, con la piel arañada y los ojos llenos de terror.
—Era él… el Mojingo.
La leyenda que apagó la luz
Con los años, la vereda cambió. Llegó la luz eléctrica, las calles se llenaron de cables y las casas de antenas. El silencio de las noches se rompió con el zumbido de los televisores, el ruido de los equipos de sonido y el brillo azul de los celulares.
Y el Mojingo dejó de aparecer.
Pero nadie se atreve a decir que se fue. Solo duerme. Espera.
A veces, cuando la luz se va y la vereda queda a oscuras, los perros ladran sin razón y los niños se meten debajo de las cobijas. Los mayores apagan la voz, y alguno recuerda:
—El Mojingo no se ha ido… solo está esperando otra noche sin luna.
Así, entre rezos y murmullos, el Mojingo pasó de ser un espanto a ser memoria.Una sombra que vive en la palabra, una advertencia que atraviesa generaciones:
“Si alguna vez camina solo por la Meseta, mire bien entre los árboles, en la cancha o junto al lavadero… porque el Mojingo puede estar esperándolo”.



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