Cuando pedir paz se confunde con rebelión
- laredaccionnews

- 22 jul 2025
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Una madrugada de miedo en Suárez, Cauca, dejó casas rotas, niños refugiados y una comunidad que vuelve a cargar con el peso de una guerra que no pidió. Entre ráfagas y banderas blancas, los campesinos insisten en sembrar vida, mientras la paz sigue siendo un eco lejano.
Los artefactos no pidieron permiso. Cayeron del cielo como caen las malas noticias: sin aviso, sin elegir a quién. De madrugada, cuando la esperanza duerme y los niños sueñan con cosas que no existen en los reportes de los noticieros.
Eran las tres de la madrugada en Suárez, Cauca, cuando el estruendo quebró el silencio en las veredas La Estrella, Piedra Escrita y Playa Rica. No fue una tormenta. Fue pólvora. Una guerra que ha mutado, que ahora se despliega desde drones o se lanza a ciegas desde la altura, como si el cielo también se hubiera rendido.
Aquí, la pólvora no distingue entre militares y civiles. No distingue entre el techo de una escuela y el de una casa campesina. No pregunta si detrás del muro hay un fusil o un cuaderno. Solo cae. Y deja lo que siempre deja: miedo, heridos, y fracturas que no se ven a simple vista, pero que rompen lo más delicado que tiene un pueblo: su tejido social.
Seis personas resultaron heridas por esquirlas. Otras muchas, por dentro. Hay casas con vidrios rotos y paredes que ya no dan abrigo. Hay una escuela que cerró sus puertas, no por falta de alumnos, sino porque la guerra le cambió el horario.
Cuando cayó el día, la comunidad hizo lo único que podía hacer: resistir junta. Niños de todas las edades corrieron hasta la sede campesina. Allí se refugiaron mientras afuera las ráfagas seguían rasgando el aire. Se sentaron en el suelo y esperaron. Desde allí solo se elevan banderas blancas, de esas hechas con telas viejas, ondeadas por el viento. Banderas que ya no son símbolo, sino súplica. Y están cansadas. Cansadas de pedir paz sin ser escuchadas.
Quienes vivieron esta madrugada no olvidarán el temblor en la tierra ni el zumbido en el aire. “Fue como si la montaña hablara en otro idioma”, dijo un campesino. Uno que sabe, como tantos aquí, que las palabras no bastan cuando el Estado responde a los llamados de paz con más militares.
Porque la comunidad ha hablado. Ha dicho que quiere vivir sin miedo, sin helicópteros sobrevolando, sin explosiones en la noche. Ha dicho que no quiere ser parte del conflicto, que quiere sembrar, estudiar, criar a sus hijos sin tener que explicarles por qué hay que esconderse cuando el cielo truena.
Pero la respuesta ha sido otra. Ha sido más fuerza, más uniformes, más armas. Como si la militarización de un territorio herido fuera la medicina, y no otra herida.
Del otro lado, en ese costado donde se dice poco pero se sabe mucho, también están los grupos armados. Los que reclaman presencia, control, y que convierten las montañas en trincheras. Los que muchas veces se mezclan entre la gente, entre sus necesidades, entre sus miedos, y terminan arrastrando a comunidades enteras a una guerra que no eligieron. Su silencio no es olvido. Es miedo. Es saberse en medio de fuegos que vienen de todas partes.
Mañana, las organizaciones sociales del territorio se reunirán para tomar decisiones. Porque aquí, defender la vida cuesta. Y no es solo una frase: ha costado líderes asesinados, amenazas constantes, comunidades desplazadas, escuelas cerradas, y cosechas perdidas.
Y es casi seguro que los titulares de prensa no cuenten esta parte. Que en los noticieros, los campesinos del Cauca aparezcan como cómplices, como villanos, como defensores de grupos armados. Como si exigir vivir en paz fuera un crimen. Como si sembrar la tierra y reclamar derechos fuera una amenaza.
Pero lo cierto es que lo único que defienden es su derecho a existir tranquilos. A caminar sin miedo. A cultivar una paz esquiva que, cada vez que parece cercana, se les esfuma entre los cañones.



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