Crónica de una jornada para sembrar conciencia entre basuras, esperanza y fe
- laredaccionnews

- 8 ago 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 8 ago 2025
Por Cristian Velasco

Por algún lugar había que empezar. Y fue una escoba.
Una escoba empuñada por manos jóvenes, manos que bien podrían estar enredadas en el celular o en la pereza típica de las vacaciones, pero que ese viernes 8 de agosto se atrevieron a barrer el olvido. Salieron desde la Institución Educativa Técnica Agrícola de Suárez, cruzaron la calle, miraron al pueblo de frente —con su polvo, sus botellas vacías, sus bolsas flotando como fantasmas de un descuido colectivo— y dijeron: “vamos a limpiar”.
Pero no se trataba solo de recoger basura. Ese sería el gesto más visible, la parte fácil. Lo difícil era remover lo otro: la indiferencia. Por eso se unieron más. Llegaron también los miembros de la Iglesia Comunidad Cristiana de Paz, con sus palabras suaves y su convicción profunda de que limpiar es también un acto de fe. Y detrás de ellos, como un respaldo silencioso pero firme, estaba la Administración Municipal y EMSUÁREZ, sumando manos, bolsas, escobas y voluntad.
Así comenzó esta historia. No con discursos, ni con grandes anuncios, sino con pasos sencillos por las aceras de siempre, bajo un sol que no perdonaba. Cada metro de basura recogida era también un metro de conciencia sembrada. Cada parque despejado, una promesa recuperada para los niños que corren y ríen sin saber aún que hay adultos que se han resignado a convivir con la basura.
Pero ese día no fue así.
Ese día hubo quien no se resignó. Francy Luz Sarria, la gestora social del municipio, caminó con ellos. Observó. Escuchó. Y dijo lo que muchos piensan pero pocos se atreven a pronunciar:
“No se trata solo de limpiar el pueblo. Se trata de que cada suareño entienda que este es su hogar. Es muy triste llegar al frente de una casa y encontrar tanta basura en el piso… Los parques, donde los niños salen a jugar, también estaban llenos de basura. Esta actividad busca despertar algo en todos nosotros”.
Y sí, algo se despertó. Quizá todavía tímido, quizá todavía frágil. Pero estaba ahí: ese temblorcito en el pecho que se siente cuando uno se da cuenta de que puede hacer algo distinto. Que no hay que esperar que todo cambie desde arriba, porque a veces el cambio empieza desde el suelo, con una escoba, una bolsa y una intención.
Al final de la jornada, el pueblo seguía siendo el mismo. Las montañas lo abrazaban como siempre. El río seguía su curso, callado y sabio. Pero algo había cambiado. No en el paisaje, sino en quienes lo habitan.
Queda la pregunta resonando, como eco en las calles que se atrevieron a soñar limpias:
¿Qué estamos haciendo con Suárez?
Y con suerte, también queda la respuesta:
Estamos empezando a cuidarlo. Por fin.















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